Este mes estoy de aniversario. Se cumplen diez años de que pisé la universidad por primera vez como alumnno. En unas semanas se cumplirán veinte años de la caída del Muro de Berlín. Y ambos eventos tienen que ver. Cuando llegué a la universidad me encontré como en un universo paralelo donde el Muro no había caído. Profesores y alumnos vivían anclados en una fantasia negacionista hablando de la Revolución y el proletariado ajenos a la sociedad de la información, la globlalización y las implicaciones profundas del neoliberalismo. Mi soledad en la universidad fue algo más que una sensación física.
Yo llegué a la universidad con unas cuantas lecturas pero sin saber darles el contexto adecuado. Descubrí que nada de lo que me contaban servía para entender el mundo que Alvin Toffler había anticipado en 1980 y que Manuel Castells había cartografiado a mediados de los 90. Si nadie en la izquierda se había molestado en comprender las transformaciones sociales mucho menos cabía esperar que nadie se hubiera atrevido a aventurar una alternativa.
Lo que se vivía en la calle era un retroceso continuo en derechos laborales y en expectativas vitales. No viviríamos mejor que la generación de nuestros padres. Pero nada de eso parecía afectar realmente a la vida universitaria donde se nos aleccionaba a confiar en la revolución del proletariado industrial… en una sociedad postindustrial.
Decidí que tenía que plasmar todo aquello en papel. Y decidí titularlo “Naufragio”. De todo aquello quedó como con tantos otros proyectos unas pocas páginas en un documento de texto perdido en mi disco duro, montañas de recortes de periódico que no sé dónde terminaron y una inquietud insatisfecha. Pasó el tiempo y sin saber si por cobardía, cinismo o resignación me negué a ser vanguardia de nadie. Me distancié de los que pretendían emancipar a otros a la fuerza enarbolando comités, prohibiciones y restricciones. Pero seguí sintiendo que me faltaba algo. Quizás sea el momento de retomarlo aquí.